Por qué deberías ser amable con quien piensa distinto

Fuimos a la ciudad de Buenos Aires con muchas expectativas, y no era para menos. El presidente de una de las empresas aseguradoras más grandes de Argentina nos había invitado a conocernos para apoyar el trabajo de la Fundacion El Desafío con la juventud en Rosario. Cuando trabajás en el sector de las organizaciones sin fines de lucro esto no es usual, por lo general es uno el que debe convencer a las empresas de que es una buena idea trabajar juntos. Pero todavía estábamos con el viento a favor por haber ganado el premio Abanderados, que había puesto nuestro trabajo en una vidriera mediática que interesó a muchos. Con mi colega ( y gran amiga) Luz Amuchastegui preparamos bien la reunión, lo que íbamos a contar e identificamos posibles escenarios para explorar en ese encuentro. En ningún momento se nos cruzó por la cabeza lo que estábamos por vivir.

Llegamos con perfecta y calculada anticipación -no mucho antes, ni sobre la hora- al edificio de la aseguradora en Avenida 9 de Julio, la reunión era en la sala del directorio en el último piso, que tenía una imponente vista de la ciudad. Una secretaria nos ubicó al final de la larga mesa del directorio y nos dijo que el presidente estaba llegando. El tamaño de la sala nos hacía sentir chiquitos, pero la calidez con la cual nos saludó el presidente al llegar nos relajó instantáneamente. Era un señor con expresión amable, canoso, con muchos años de experiencia y que estaba próximo a jubilarse según nos contó. Su abrazo, sonrisa y contacto visual con nosotros demostraba entusiasmo, como si nos hubiésemos conocido de toda la vida.

Comenzamos a contar nuestra historia, la cual escuchó atentamente sin interrumpirnos una sola vez. Nuestros inicios, motivaciones, nuestra visión de la realidad, la pobreza, la juventud, la forma que podemos cambiarla para bien, los obstáculos que encontramos, el rol de la colaboración, del trabajo con otros actores. Cuando finalmente concluimos nuestro pitch estábamos radiantes y confiados: acá había una colaboración inminente.

“Yo te voy a decir lo que pienso sobre cómo resolver la pobreza en Argentina. Hay que ir a las villas, la 31, La Cava, las de Rosario y todas las del país, hay que poner una bomba y hay que matarlos a todos”. La frase la escuchamos con estupor, y nos agarró totalmente desprevenidos — nada nos hizo ‘esperarla’ en esta situación-. Un frío recorrió mi espalda, sentí la cara enrojecida y las palpitaciones se aceleraron. Con Luz elegimos no mirarnos para no delatar nuestro asombro, pero nos acomodamos casi imperceptiblemente en nuestras sillas para comunicarnos. La frase tenía una contundencia abrumadora, era un discurso de odio, discriminador y violento que superaba los límites del disenso de ideas y que no tolerábamos. Era el momento de dar por terminada la reunión, levantarnos e irnos, pensé -así dejábamos en claro nuestra posición-. El hombre frente a mí seguía hablando como en cámara lenta, mientras mi mente intentaba descifrar lo que estaba pasando. Algo no cuadraba. ¿Por qué este señor nos había invitado si realmente pensaba eso? ¿Por qué se había emocionado al saludarnos con un abrazo? ¿Qué buscaría una persona próxima a jubilarse al decir eso a dos jóvenes trabajando por algo noble?

De repente entendí nuestro error: estábamos escuchando con los oídos y sólo las palabras. Pero no estábamos ‘escuchando’ otra dimensión, en especial la del universo de las emociones. No, levantarse e irse no era lo más inteligente para hacer. Al fin y al cabo nosotros trabajamos siempre en busca de un cambio social y esta situación también se trataba de esto. Era el momento de ejercer la tan promovida empatía -aunque pocos nos dicen de la dificultad de hacerlo- y averiguar si estábamos frente a un fascista en serio o si era alguien simplemente herido. Así que esperamos pacientemente que termine su brutal descarga para sonreírle con compasión y comenzar a preguntarle más sobre sus ideas y cómo llegó a ese punto.

“Sé amable con todo el mundo, todas las personas que conoces están dando una batalla” (Platón)

Hoy en día disentimos en casi todo; la ideología política, la sexualidad, el género, el lenguaje, las vacunas y hasta el aire que respiramos. Los discursos radicalizados, y en especial los del odio, son una grave amenaza para nuestra convivencia en sociedad. Por eso es que muchas veces elegimos distanciarnos, no dar debates, no intentar conversar porque no tiene sentido: esa persona no va a cambiar de opinión. “Me agota” es la explicación más escuchada para no dialogar, y tiene sus argumentos. Intentar conversar con alguien que piensa extremadamente distinto requiere de un estado emocional que pocas veces tenemos. El problema es que si no contraponemos ideas, miradas, si no hacemos preguntas que interpelen las afirmaciones de los demás no estaremos dando la oportunidad de que esas personas cambien de opinión. Varios estudios demuestran que cuanto más nos juntamos con personas que piensan como nosotros más extremas se vuelven nuestras posiciones. Cada uno de nosotros forma sus opiniones en base a las experiencias que nos tocaron vivir, quizás deberíamos interesarnos por esas historias antes de intentar entender una opinión. Ponerse en el lugar del otro es un díficil ejercicio, y es más fácil demandarlo que hacerlo. Pero la empatía no se demanda, se ejerce, y recordar que cada uno tiene una historia detrás no sólo nos hará más amables y compasivos, sino que nos ayudará a tener conversaciones díficiles y abrirnos a los demás. Después elegiremos justificar o no ciertas posiciones en base a nuestros principios y valores; pero al menos podremos entender como una persona piensa como piensa y como llegó a eso. Quizás hay un pedido implícito de ayuda, de no sentirse en soledad, de compartir los miedos, el dolor y las experiencias que nos marcan.

Luego de veinte minutos de repreguntas, el presidente se largó a llorar sin intentar contener las lágrimas. Habíamos llegado al origen de la cuestión: su hijo de 16 años había sido asesinado mientras trabajaba en la Villa 31 como voluntario de un comedor infantil. Era una herida demasiado grande y dolorosa, que atravesaba su buen juicio. Se levantó, me abrazó, lloró en mi hombro y me dijo “Gracias, sigan el buen trabajo. Estoy orgulloso de ustedes”. El hombre no era un fascista, sino una persona en sufrimiento. Quizás, si hubiésemos sabido que nos íbamos a encontrar con el padre de una víctima de la violencia urbana nuestro enfoque hubiese sido otro. Pero nos habíamos preparado para el ‘presidente’ de una empresa que nos iba a ayudar. Jamás pensamos que, en realidad, íbamos para ayudarlo a él.

Epílogo: No, al final la aseguradora no colaboró con El Desafío, el presidente se retiró al mes siguiente. Increiblemente, tampoco se ofrecieron a limpiarme el saco sobre el cual el presidente descargó su llanto. Pero nos llevamos un aprendizaje enorme.

Cofounder of non profit El Desafio Foundation and member of Humankind team. Passionate for youth development, sports for development, cities and social change.

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